viernes, 21 de agosto de 2015

Relato

Los ojos buenos


El timbre sonó finamente, y la puerta se abrió tras unos segundos de espera. Se quedaron mirando, el uno al otro, como dos figurillas de cera, la muchacha que vivía en aquel apartamentito de una callejuela del centro, y el muchacho que trabajaba como recogedor de basuras por aquella zona de la ciudad.
Ella vestía una blusa negra, con las mangas hasta los codos hechas de una gasa transparente y brillante, que no hacía si no acentuar la palidez de su piel, y una falda de vuelo de rayas blancas y negras. Completaban el conjunto unas bailarinas negras y una pequeña boina del mismo color, ladeada sobre la parte derecha de la cabeza de la muchacha. El resto de la melena estaba recogida en una sencilla coleta repleta de enredos y nada bonita, que reposaba en su hombro izquierdo.
Él, por su parte, vestía toscas botas de goma negra, un mono añil con una ancha banda horizontal de color amarillo reflectante en la espalda, y una gorra del mismo color del mono con el logotipo de la empresa grabado, que ocultaba su pelo corto de color miel. Todas sus prendas goteaban agua de forma insistente y permanente.

-Buenos días... servicio de recogida de basura semanal-Él repitió aquello como lo hacía siempre, con un tono monótono aunque intentando mantener algo de simpatía. Era difícil a veces, porque su trabajo, literalmente, apestaba.

La muchacha, tan pequeña y delicada, sonrió levemente apoyada en el quicio de su puerta antes de contestar.

-¿Recogida de basura? ¿En un día como este?

-Señorita, créame que aunque es lo que más deseo, París no va a parar de acumular desperdicios por la lluvia, aunque sea una lluvia tan copiosa como la de hoy. Y así me gano yo la vida, al menos por el momento. Así que... -Se encogió de hombros, visiblemente resignado.

Ella hizo otro tanto y le tendió dos bolsas, una de desperdicios orgánicos y otra llena de envases de plástico. ''Al menos recicla'', pensó él mientras agarraba la preciada y desagradable mercancía. Con un movimiento cordial de cabeza, que hizo que la gorra salpicara unas cuantas gotas más, el joven trabajador se dispuso a marcharse, pero la chica lo detuvo dando saltitos, nerviosa.

-¡Espere, por favor! hay algo más...-Como una bailarina torpe, se giró y entró en la casa, reapareciendo a los pocos segundos con algo rectangular envuelto en un paño que habría sido beige de no ser por las manchas multicolores que lo cubrían de forma irregular. El muchacho se tensó ligeramente, y sin poder evitarlo, soltó las dos bolsas que portaba en el suelo.

-Por favor, señorita, otra vez no...

-Se lo ruego, ya sabe lo que tiene que hacer- Se mordió el labio inferior, nerviosa y apurada, y de un tirón descubrió lo que tenía entre las manos, lo que él ya sabía que tenía.
Un pequeño lienzo, de unos treinta centímetros de alto y quince de ancho, mostraba un retrato, el mismo retrato de siempre: la cara, el cuello y los hombros de un muchacho que vestía una camisa negra.

Cada semana, él acudía allí a recoger basura, y cada semana ella le entregaba sus correspondientes desperdicios, que nunca eran muchos, ya que vivía sola, y un lienzo con el mismo retrato, y cada semana le pedía lo mismo que le pidió aquella vez:

-Quémelo por favor, o rómpalo, acuchíllelo, haga, en fin, lo que sea menos perjudicial para el medio ambiente y a la vez más efectivo para eliminarlo... se lo agradezco.

-Pero...-Sostuvo el lienzo entre sus manos, la miró y se rascó la cabeza, confuso- Pero ¿Otra vez, señorita?

-Oh, lo sé, lo sé...-Ella se retorcía las manos mientras hablaba- ¡Demonios! pensé que esta vez había logrado pintarlo bien por fin...

-Pero... ¡Pero si está muy bien!- Volvió a mirar el retrato- Todas las semanas me lo entrega perfectamente pintado... ¡Caramba, pero si hasta tengo la sensación de que ya voy conociendo a este chavalillo! Estoy seguro de que si me lo encuentro por la calle, lo señalaré y diré, ''¡Eh, tú, el de la camisa negra, el de los cuadros de la artista del apartamento 10 del bloque 7!''

-¡Oh, por el amor de Dios! ¡Si es verdad que alguna vez le ve... ¡Ni se le ocurra hacer una sola referencia a mí o a ninguno de los lienzos que...!-Ella se interrumpió, y de repente lo miró directamente a los ojos. Parecía realmente una niña pequeña con aquel conjuntito de ropa y aquella expresión de inocencia absoluta. Tras unos segundos en los que no pestañeó, volvió a hablarle calmada, en un murmullo- Usted cree que es muy raro esto que hago, ¿Verdad?

-Señorita...-Él volvió a rascarse la cabeza. Desde niño había sido un muchachito con mucho ''Palique'' como decía su padre, le encantaba charlar con la gente y era simpático, y a pesar de que en su trabajo ni siquiera mantenía conversaciones con los clientes, aquella vez no pudo resistirse-  No llevo mucho trabajando de esto, apenas un añillo, pero puedo asegurarle que se aprenden muchas cosas de la basura de la gente. De usted he aprendido que es pintora, porque siempre tira brochas despeluchadas del uso, botecitos de pintura de mil colores, paños tan manchados que ni mil lavados harían desaparecer los rastros... y un cuadro. Siempre este cuadro. Y no la critico, ¿Sabe? pero admito que tengo curiosidad. ¡No entiendo por qué los tira, están todos bien pintados!

-No, no lo están... Oh, ¿Sabe qué? ¡Estoy harta de callarme este asunto, necesito contárselo a alguien y usted es el indicado para oírme! ¿Le apetece un té?

-¿El qué?

-Un té, un té... O un café, vaya, lo que prefiera usted... ¿Un zumo? tengo pastas y chocolate. ¡Vamos hombre, que no tiene por qué asustarse! ¡Sería mucho más probable que usted fuera un asesino peligroso a que lo fuera yo! ¿No se da cuenta de que ni siquiera mido un metro sesenta? ¡Y no llego a los cincuenta kilos! No soy en modo alguno rival para usted.

-No es eso señorita, no es eso... Pero comprenda usted que la proposición... y además, un día laborable... en horario de trabajo...yo tengo el camión...

-Usted tiene el camión aparcado ahí abajo, lo puede vigilar perfectamente desde mi ventanal, y además, con la que está cayendo ninguno de sus jefes estará extrañado porque termine un poco más tarde. ¡Le estoy ofreciendo descanso, dulces y explicaciones! ¡Recontra! ¿Qué más quiere?

-Pues...pues...-Volvió a rascarse la cabeza, y se quitó la gorra, empapada- ¡Pues tiene usted razón, qué corcho! Acepto la proposición, aunque espero que la historia sea corta...

-¿Ve qué bien? Claro que llevo razón, esto... ¿Cómo se llama usted?

-Oh... Timothy, señorita. Llámeme Tim, por favor, sólo tengo 23 años, no quiero tener nombre de abuelo todavía.

-Está bien, Tim, pase. Puede sentarse en una de esas sillitas junto al ventanal. Yo me llamo Nicolette. Y tutéeme, por favor. Si no le molesta, yo haré lo mismo.

Tim dejó las dos bolsas de basura junto a la puerta y entró con el cuadro aún entre las manos. El apartamento era pequeño y estaba decorado de un modo dulce e infantil, con las paredes de ladrillo adornadas con cuadros de paisajes y escenas románticas. Los muebles eran de madera clara y estaban cubiertos de cojines mullidos y tapetes bordados, y todo era de tonos claros y colores pastel, nada sobresalía.  Era cursi, pero acogedor, sobre todo en una tarde lluviosa como aquella. Desde luego, sus botas de goma sucias de barro desentonaban muchísimo, y por ello no pisó la alfombra, sino que avanzó hasta el extremo de la habitación donde estaba el ventanal pisando las pocas losas libres del suelo. Se sentó en una fina silla de forja, pintada de verde claro, y esperó sin tocar nada, echando vistazos curiosos a su camión, los pocos minutos que Nicolette tardó en aparecer con una bandeja de pastas y dulces de chocolate, dos tazas y una tetera a conjunto.

-He pensado que el té es lo mejor después de una lluvia semejante...querrás entrar en calor, ¡Sírvete!-Nicolette se sentó frente a él, en una silla idéntica pero de color celeste, y sonrió mordiendo un dulce- ¡Es muy curioso! En los meses que llevo viviendo aquí me preguntaba tu edad.. ¡No me figuré que nos lleváramos tan poco! Yo tengo veinte años...

-Pareces más joven...

-Lo sé, esta pinta de niña no es fácil de disimular... no importa mucho, en el fondo me gusta.
También me preguntaba si los basureros intentaríais adivinar cosas de los vecinos a los que atendéis... ¡Y ya veo que sí! Aunque no has acertado del todo conmigo...

-Uno, que tampoco es adivino... ¿En qué fallé?

-No soy pintora. Es sólo mi pasatiempo. En realidad soy mecanógrafa en el juzgado. ¡Puedes imaginarte qué aburrimiento! escribiendo simultáneamente, con códigos que sólo yo entiendo, todo lo que dicen el juez, los abogados y los criminales... ¡Como comprenderás, necesito crear algo con más sustancia! Por eso pinto. He pintado muchas cosas: paisajes, escenas, retratos que regalo a mis conocidos y amigos, animalitos, flores, comida... ¡Y nunca me había atascado! Porque nunca había pintado algo tan importante como lo que llevo intentando pintar desde hace meses... ¡Casi desde que me mudé a este apartamento!

-Quiero saber qué es eso tan importante, aunque antes he de decirte que ojalá pudiera yo ser mecanógrafo y no un chapuzas... Debería haber estudiao...

Nicolette volvió a soltar una risita y continuó su relato.

-Es lo más importante del mundo... ¡Estoy intentando pintar mis ojos buenos!

-¿Estás intentando pintar qué?

-Unos ojos buenos, Tim... pero no unos ojos buenos cualquiera... ¡Los ojos buenos que son para mí!

-Ojos...¿Buenos?

-Oh, no sabes lo que... naturalmente, no sabes lo que son los ojos buenos, Tim... ¡No te lo he explicado!- Nicolette se dio una palmadita en la frente y bebió té.

<<Platón dijo que los ojos son el reflejo del alma, y no podía tener más razón. Desde pequeña, me encanta mirar los ojos de la gente, ¡Son tan bonitos y tan diferentes! No hay en el mundo un par de ojos iguales, es incluso más difícil que lo de los copos de nieve... Y dicen todo de la persona, nos muestran con su color y sus formas, las emociones que sentimos, el amor que albergamos, la tristeza que nos come... ¡Los ojos son estupendos!

Con el paso de los años, me di cuenta, sin embargo, de una cosa curiosa... hay ojos malos, y ojos buenos. Hay ojos cálidos y ojos fríos. Y cada persona los ve diferentes. Si odio a alguien, ten por seguro que es porque veo maldad en sus ojos, veo frío... ¡Pero esa persona es seguro un ángel para su madre! Ella verá calor en esos ojos.. ¿Lo comprendes ahora?

En cuanto fui más mayor, una muchacha y no una niña, me di cuenta de algo... Lo tuve muy claro, oh sí. Sólo me enamoraría de aquellos ojos que fueran, a mi modo de ver, completamente buenos. Aquellos que no tuvieran maldad, aquellos que jamás pudieran hacerme daño. Aquellos que sólo pudiesen mirarme con amor.

Y los encontré Tim, ¡Oh sí! los encontré... Grandes, limpios, del color de las hojas silvestres, tan claros... que parecían limpios. Y caí en la trampa de aquellos ojos, Tim, porque me estaban tendiendo una trampa. Se volvieron fríos con el tiempo, fríos como el puñal más afilado, y como puñales me miraban, sin importar el daño que hiciesen.

En fin, acabé muy mal parada, abandonada y completamente rota durante mucho tiempo. Aquellos ojos tan fríos habían congelado a los míos, que se quedaron asustados. Juré nunca más fiarme de los ojos otra vez, pensé que todos los ojos tenían más maldad que bondad, y así pasaron los años...

...Hasta que hace unos meses, hace ya muchos meses, fui con unas amigas a uno de esos modernos bares-club. Yo no soy muy de esos ambientes en los que todo el mundo fuma pitillos y bebe cócteles, pero las chicas insistieron tanto en que me gustaría...
Y sí que me gustó, porque una vez a la semana, el bar-club ofrece espectáculos de humor y teatro para sus clientes. Estaba disfrutando de los graciosos diálogos, cuando de repente, uno de los actores se colocó bajo un foco, y alzó la vista para recitar un pasaje especialmente largo.

En cuanto le miré, no oí nada, ni vi nada más que su cuello, su rostro y...sus ojos.
Et voilà! Allí estaban, Tim, unos ojos ni muy grandes ni muy pequeños, de color marrón, no especialmente oscuros, adornando una cara fina y armoniosa, una nariz digna de un príncipe y una piel pálida y suave, aristocrática, ya sabes... Allí estaban. Allí estaban los ojos, llenos de calor y bondad. Unos ojos buenos. Los ojos que eran para mí.

Me puse nerviosísima, y me apresuré a contarles todo a mis amigas, que ya estaban hartas de mis teorías. Ninguna le dio mayor importancia, y me dijeron simplemente, que si tanto me había gustado, fuera y le hablase.
''¿Cómo voy a hacer eso?'', les grité, ''¡Mis ojos están rotos, están asustados! ¡Esos ojos tan bonitos jamás se fijarían en los míos, sería un desastre!''
Y allí me quedé, pensativa el resto de la noche, sin poder apartar de mi mente aquel rostro, aquellos ojos... y aquí sigo todavía.

No sé nada de él, aparte de que es actor, por supuesto. Desde aquella noche he intentado pintarlo, pero nunca consigo reflejar la bondad de sus ojos... Y no puedo contemplar ese rostro tan apuesto sabiendo que los ojos que pinto no son los suyos de verdad. Por eso cada semana te mando a eliminar las pruebas de mis crímenes.
Mis amigas están hartas, dicen que estoy loca, que soy como los poetas antiguos, enamorándose de cosas que no existen... Y yo misma he llegado a pensarlo... ¿Y si me lo imaginé? ¿Y si sus ojos no son los buenos, y si son malos y fríos como los demás? Me pongo tan triste cuando pienso esas cosas de él...

Y así vivo, Tim, enamorada de unos ojos a los que sólo he visto una vez.>>

-¿Qué te ha parecido mi desdicha? Decidí contártelo todo porque tú también tienes mucha bondad en tus ojos, lo vi claro al mirarlos.

-¡Demonios, Nicolette, menuda historia!- Tim estaba boquiabierto- ¡Es estupenda, estupenda! Pero no puede ser ese el final... ¡Tienes que averiguarlo todo!

-¿Cómo?

-¡Claro, mujer! ¿Cómo vas a estar enamorada del todo si ni siquiera sabes su nombre?

-Bueno, interpretaba al capitán Coquelicot...

-¡Minucias! Caray chica, tienes que volver a ese bar y averiguarlo todito... ¡Tienes que regalarle uno de sus retratos y explicarle todo eso de los ojos!

-¡No! ¡Claro que no! Además, las pocas veces que he vuelto a ir a ese bar, no era día de espectáculo...

-¡Vamos, Nicolette! Será fantástico, caramba chica, es una historia bonita, ¡Seguro que le halaga! A mí me gustaría que mi novia hiciese algo así...

-No... no se puede. Es... imposible-Bajó la vista, apesadumbrada- Jamás funcionará. Yo no debería... no debería volver a intentar pintarlo. Y no debería haberte contado nada. Lo siento mucho, pensé que entenderías...

-Lo he entendido perfectamente, Nicolette. Me gustan las historias y sé escucharlas. No es imposible, claro que no lo es... Pero estás aterrorizada.

-¿Yo?

-Escucha... todos los ojos tienen maldad, Nicolette. Todos tenemos luz, y también oscuridad, y a todos se nos ponen los ojos muy fríos algunas veces. Los ojos de tu capitán no serán cálidos siempre, y seguro que te harán pasar malos ratos, pero... Sólo porque otros ojos fríos como puñales te hicieran daño una vez no puedes renunciar a estos. Piénsalo de este modo: Has vivido, por lo que cuentas, mucho tiempo en el frío más absoluto. ¿No crees que tus ojos merecen calentarse en una hoguera acogedora?

Nicolette lloraba, sin poder evitarlo. Miró a Tim con la inocencia más absoluta, y más que nunca, pareció una niña desamparada.

-Pero... mis ojos son incapaces de mentir... ¿Qué pasa si no le gustan, si no puede amarme? ¿Qué haré, Tim? ¿Cómo podré explicarle que llevo meses intentando pintarle, y torturándome porque no consigo...?

-Escúchame. Espero de verdad que oigas este consejo: No vuelvas a pintarle. Voy a llevarme este cuadro ahora mismo y la semana que viene volveré, y nos tomaremos otro té, y no me darás ningún retrato. En lugar de ello, le buscarás, irás con tus amigas a ese bar despreocupadamente y preguntarás por él con una sonrisa, sin agobiarte. Y cuando le veas, serás sincera y educada como lo has sido conmigo.

-No puedo hacer eso, Tim...

-Entonces volveré cada semana a tomar té contigo, hasta que te convenza de lo contrario. Y no volverás a pintarle.

-Pero...

-No. Para la semana que viene deberás pintarme a mí. Y ya te encargaré más cosas. Debes decirle adiós al capitán Coquelicot.

-Pero no quiero...

-Entonces búscale.


*  *  *


-¡MARTIN! ¡DEJA DE LEER ESOS PAPELUCHOS Y ATIENDE EL MOSTRADOR!

-Señor Dupont, por favor... Es mi guión, esta noche actúo por fin en un teatro de verdad...

-¿TE PAGO PARA LEER O PARA VENDER CARNE? CHICO, EN HORAS DE TRABAJO SÓLO SE PUEDE TRABAJAR

-Pero señor Dupont, se supone que es mi descanso para comer...

-¡ACABÓ HACE SIETE MINUTOS! ¡SIETE! VAMOS, A DESPACHAR A LOS CLIENTES.

-En cuanto salga de este agujero, juro no volver a entrar en una carnicería nunca más en mi vida...

-¡TE HE OÍDO!

-Me alegro, cerdo-Susurró el muchacho. Pagarse los estudios de actor trabajando en bares había sido duro, pero cuando la dueña del bar-café donde además actuaba tuvo que recortar personal y se vio en la calle, Martin sufrió una gran desesperación. La alegría que había senido al ser contratado en un pequeño teatro para hacer una obra moderna había sido tremenda, pero como sólo era algo temporal no se atrevía a dejar su trabajo en la carnicería el señor Dupont, que al fin y al cabo era lo que le daba de comer.

´´Los comienzos son duros'' se dijo a sí mismo, ''Pero seguro que algo bueno está a punto de pasar. O al menos eso espero...''

-¿...de Salchichón?

-¿Qué?-Martin sacudió la cabeza. Mierda, estaba en el mostrador atendiendo a las viejas clientas y se había despistado.

-Digo que a parte de los filetes, me gustaría comprar un salchichón-Repitió la voz. Me lo ha pedido mi tía, figúrese... para una vez que voy a visitarla, y me manda hacer recados...

Martin sacudió la cabeza, buscando la voz dulce que hablaba entre todas aquellas clientas. Pronto la vio. Una melena ondulada aunque algo revuelta, un vestido de rayas azules y blancas, unas bailarinas y unos labios rojos. No podía tener más de veinte años. Resopló agradecido por aquel dulce en medio de tanta arpía.

-Enseguida se lo doy...-Le brindó una amable sonrisa. Sin embargo, la vio ponerse pálida, e inmediatamente, enrojecer hasta la raíz del cabello.

-¿Capitán...Coquelicot?

-¿Perdón?-Pestañeó sin comprender nada.

-Tú...usted es... quiero decir que...-Miró al suelo, muerta de vergüenza- Usted es actor...

-Sí... demonios, es increíble... ¿Cómo lo ha adivinado? ¡Apenas estoy empezando!

-Yo le vi... cuando usted trabajaba en aquel bar-café haciendo del capitán Coquelicot...

-No es posible...

-Sí... y fui... yo... volví tiempo después... a preguntar a sus compañeros... porque me gustó mucho la obra y pinté un cuadro... Es que yo pinto, ¿Sabe usted?, así que fui... pero me dijeron que usted no trabajaba allí nunca más.. y ya no tengo el cuadro... se lo llevó un amigo mío, Tim... es un buen chico, aunque un poco pesado...

-¿Un cuadro?... espere, no entiendo... ¿Usted fue a buscarme?

El dulce con piernas asintió.

-Pero...¿Por qué?

-Porque...porque...me gustó... su interpretación...-Parecía a punto de estallar de vergüenza, y seguía con la mirada fija en el suelo. A Martin le pareció demasiado encantadora como para ser real.

-¡Caramba, muchísimas gracias!-Salió de detrás del mostrador- Es usted la primera persona que me llama actor de verdad en mi vida, ¡Sólo por eso se merece un café! ¿Se lo tomará conmigo? Así podrá contarme qué le pareció la obra...

Las clientas se quejaban a voz en grito y pedían ser atendidas. El señor Dupont se iba a enfurecer, pero a Martin le daba exactamente igual.

-Yo... sí... no veo... por qué no...

-Estupendo. ¿Podría decirme su nombre? ¡Comprenda que mi primera admiradora es importante!-Rió con ganas.

-Me... llamo Nicolette. Y tutéeme, por favor...

-De acuerdo, Nicolette. Haz tú lo mismo, por supuesto. Yo soy Martin.

Le tendió la mano, que por suerte estaba recién lavada, para estrechársela. Ella aceptó y alzó el rostro. Sus ojos se cruzaron, y por un segundo, Martin no pudo respirar. Vio en aquellos ojos alegría, vergüenza, anhelos, secretos, colores, música, viento y agua, vio vida en aquellos ojos, no vio nada y lo vio todo... Y supo que quería volver a mirarlos.

-Caramba, Nicolette... tienes los ojos... enormes.

Ella sonrió cómo si nunca le hubiesen dicho nada ni remotamente parecido.

-Gracias. Tú tienes los ojos buenos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario