lunes, 24 de agosto de 2015

Relato

Fusión empresarial


Apenas logró abrir un poco los ojos, lo justo para darse cuenta de que debía ser de día, y giró su cuerpo en la cama para darle la espalda a la molesta luz. Se movió ligeramente, sintiendo en sus piernas desnudas la extrema suavidad de las sábanas y la comodidad de la almohada en su rostro, y con un pequeño suspiro, volvió a dormirse...

O eso intentó, porque no tenía más sueño. Menudo fastidio eso de querer seguir durmiendo y descubrir que tu cuerpo ya ha cubierto sus necesidades de descanso completamente. Decidió pues, no intentarlo más. Soltó un pequeño gemido, se estiró lentamente, y por fin abrió los ojos.

Mientras se estiraba aún un poco más y se permitía el lujo de seguir disfrutando de la suavidad de las sábanas y las mantas que la envolvían, miró perezosa la habitación donde se encontraba. 
No era especialmente ancha, pero sí muy alta, el techo, pintado de blanco, parecía quedar lejos. Las paredes eran de ladrillo, y había apenas uno o dos cuadros pequeños adornándolas.

En cuanto al mobiliario, lo cierto es que era escaso: el enorme y espacioso colchón sobre el que descansaba estaba colocado directamente sobre el suelo, sin ningún soporte con patas donde sostenerse. Las sábanas y el forro de las almohadas eran de color vino, y la manta era mullida y de un gris oscuro. Frente a la cama había un armario de dos puertas decorado al estilo oriental, de madera oscura pintada en tonos rojos y verdes. Había una pequeña mesita de noche junto al lado derecho de la cama. No se veía nada más.

Lentamente y soltando un último gemido, Alicia Macchiarolli se incorporó y salió cuidadosamente de lo que había sido su nido nocturno. Un par de pendientes hechos de diamantes y su colgante a conjunto estaban en la mesita de noche. Sus tacones negros y su largo vestido de lentejuelas del mismo color yacían tirados en una esquina de un modo ciertamente lamentable teniendo en cuenta lo carísimos que eran. Aún portaba en su mano derecha su pulsera de perlas. Sus cortos rizos dorados estaban revueltos, y llevaba... ¿Qué demonios llevaba puesto? ¿Qué era aquello, un camisón? Mierda, aquella no era la habitación del hotel en la que se hospedaba...

Dio unos cuantos pasos vacilantes hasta el extremo derecho de la habitación, donde había un gran ventanal. En cuanto se acercó lo suficiente, comprendió por qué el estúpido sol no la había cegado como todas las mañanas: no había sol. Estaba lloviendo, de una forma copiosa además, por lo que sus ojos de color celeste no iban aquel día a conjunto con el cielo. De todas formas, brillara sol, tronara o nevara... la resaca no se la quitaba nadie. Gimió de nuevo, aquella vez por el dolor súbito de cabeza. Se agarró a una de las cortinas también de tonos carmesís, y lentamente abrió las grandes ventanas. La brisa húmeda la golpeó, refrescándola y provocándole un escalofrío, y se sentó en el suelo, contemplando el cielo gris e intentando respirar pausadamente.

¿Qué había pasado? debía hacer memoria... Lo mejor en aquellos casos, lo sabía por experiencias anteriores, era hacerse preguntas muy pequeñas y obvias, e ir avanzando a partir de aquellos sencillos puntos.

¿Dónde estaba? Vaya, primera pregunta y primer tropezón, porque no sabía en qué habitación se encontraba... aunque simplificando la pregunta... Estaba en Venecia. Sí, estaba en Venecia... hacía unas semanas que se había peleado con su papaíto, el magnate Don Macchiarolli, y había decidido coger vacaciones en su empresa, hacer una pausa... una pausa indefinida, hasta cuando le diera la real gana. Al fin y al cabo, era la hija del jefe, y a sus veintiún años, una chica con ganas de vivir un poco a su manera, sin que su padre controlara permanentemente cada uno de sus movimientos. Así que había comprado un billete de primera en un barco lujoso y bonito y se había largado de Roma a Venecia, donde había alquilado una habitación en un hotel igualmente lujoso. Sí, aquello había sido fantástico, iba de compras, a comer a restaurantes deliciosos, a reencontrarse con viejas amistades, al teatro, a las salas de danza... pero ¿Cómo había acabado allí?

Se miró el cuerpo. Llevaba puesto un camisón blanco, que se sujetaba a su cuerpo mediante unos lazos de satén de color rosa atados en sus hombros. La prenda le llegaba a la mitad de los muslos, por lo que sus torneadas y blancas piernas quedaban totalmente al descubierto, al igual que sus brazos, su cuello y el principio de su escote. En un impulso nervioso, se levantó la prenda, desesperada. Sí, llevaba puestas sus braguitas de encaje negro, pero... ¿Dónde estaba su sujetador? Giró la cabeza bruscamente en todas direcciones, con la esperanza de encontrarlo... y efectivamente. Allí estaba, colgando de uno de los brazos del candelabro plateado que había en la puñetera mesilla de noche.
Alicia volvió a pasarse una mano por los rizos del pelo y a mirar al exterior. Parecía que la lluvia había dado un tregua, aunque el cielo seguía luciendo un color gris plomizo.
¿Qué locura había hecho aquella vez? ¿Habría sido víctima de algún tipo de secuestro? Una persona de su posición social estaba realmente expuesta a aquel tipo de peligros... Su cuerpo no mostraba señal ni marca alguna de heridas o golpes, pero... ¿Y si se la habían llevado de su hotel en Venecia? ¿Y si ya no estaba en el país?

De repente, una voz masculina le taladró los oídos, un grito... No, una melodía. Alguien cantaba desde la calle.

-A Ritornello, a Ritornello, c'è una stella che brilla nel cielo...

Alicia corrió a asomarse al balcón, y no pudo evitar soltar una carcajada. Todos los músculos de su cuerpo se relajaron: quien cantaba era un gondolieri, que circulaba con su embarcación por un canal, solitario. ¿En que otra parte del mundo ocurriría aquello, sino en Venecia? suspiró, encantada por ver que no parecía haber sido secuestrada.

El muchacho paró la góndola justo debajo de la casa desde la que sobresalía el balcón donde se encontraba Alicia. Alzó su moreno rostro, adornado con una afilada perilla y un fino bigote, y le sonrió:

Buongiorno, principessa! ¿Necesita una belleza como usted algún tipo de transporte en un día tan acuoso como el que tenemos hoy?

-Yo... la verdad es que lo que más le agradecería es que dejase de gritar... No se imagina cómo me duele la cabeza.

-Aaaaaah, cara Principessa, No me diga más... Le duele la cabeza, y vive usted en el barrio más lujoso de toda Venecia... ¿Acaso no estuvo usted anoche en la fiesta de Don Giancarlo D'arago?

-¿La fiesta de...?- Alicia abrió los ojos como platos, y sin poder evitarlo, dio un saltito que hizo que el joven gondolieri pudiera gozar de una espectacular vista de su ropa interior- ¡Pues claro! ¡La fiesta de Giancarlo! ¡Claro que acudí, me invitó Grazia! Oh, la hermana del señor D'arago y yo somos amigas desde niñas, estudiamos en el mismo internado y... ¡Pero eso no importa! La cuestión es que estuve allí, me encontré con muchísimos amigos y conocidos, ¡Menuda locura! Claro que los treinta sólo se cumplen una vez, pero realmente Giancarlo se pasó... ¡No se imagina qué derroche! Y luego... ¡Caramba! ¿Qué pasó luego? ¿Por qué no volví a mi hotel?

-Cara principessa, me temo que ni yo le soy útil a usted, ni usted me es útil a mí, pues no la veo dispuesta a regresar a ese hotel que dice. Me voy pues, nuestro romance ha sido corto, intenso, y se ha desarrollado en un balcón... ¡Habéis sido mi Julieta y yo vuestro Romeo! ¡Ciao, principessa!- El pícaro gondolieri se alejó con una gran risotada.

Alicia volvió a entrar en la habitación para resguardarse de la fría atmósfera. e sentía más tranquila al poder recordar, por fin algunas imágenes de la fiesta de la noche anterior, que efectivamente había sido el culmen del lujo. Giancarlo y Grazia eran unos amigos de los más ricos que tenía. Pero el misterio de por qué no había vuelto al hotel aún quedaba pendiente. Se esforzó por pensar mientras la voz del gondolieri se iba perdiendo entre las aguas de Venecia...

-Il mio cuore è d'amore congelato...

-Me imaginé qué estarías despierta... Ciao, Bella.

Aquella voz no era la del gondolieri, y de hecho había sonado mucho más próxima, mucho más real, mucho más cercana, mucho más... a su espalda.
Alicia se giró, asustada, para descubrir a la razón por la que no había dormido en la habitación de su hotel.

-La madre que lo...-Murmuró sin darse cuenta.

Un muchacho permanecía de pie a su espalda, mirándola dulcemente y sosteniendo una bandeja en la que reposaban dos tazas humeantes. Estaba descalzo, y sólo llevaba puesto el pantalón de un pijama, de color azul oscuro. Su torso, pálido y fibroso, y sus brazos, ligeramente musculosos, estaban completamente al descubierto. Llevaba el pelo castaño corto y un poco revuelto, y una sonrisa perfecta en el rostro.

Viendo aquel espectáculo, Alicia repasó mentalmente en tan sólo un segundo todo su arsenal de sonrisas de destrucción masiva, y eligió la de ''Muchachita joven y extremadamente dulce aunque también traviesa''. Abrió mucho sus hermosos ojos celestes y dio un par de saltitos ingenuos, antes de acercarse a su conquistador sugerentemente, como si bailase en lugar de andar.

-Vaya, vaya...buenos días, misterioso anfitrión-Dio a su voz el tono justo de dulzura y picardía, algo que se le daba de muerte hacer.

Él se rió y dejó la bandeja junto a la cama.

-Pensé que un buen chocolate vendría genial para la resaca. Aunque te veo bastante espabilada...

- Si te soy sincera, no me acuerdo de absolutamente nada. Pero algo me dice que ha debido ser fantástico no dormir en mi hotel esta noche...

-¿Que no te acuerdas?-Esbozó una exagerada expresión de sorpresa- Pues podemos hacer una cosa. Antes de que te lleve a tu hotel, antes de irnos de mi apartamento, antes incluso de quitarte ese camisón para ponerte tu vestido y tus tacones, puedo... hacerte un resumen de anoche, si quieres...

Se aproximó a ella rápido como una flecha, y la pegó a su cuerpo rodeándola con fuerza por la cintura. Alicia soltó una exclamación ahogada y se estremeció ligeramente al sentir un beso ardiente en su boca. Definitivamente debía haber sido una buena noche, sí señor.

-Eres tan divertida y tan dulce, Alicia... Me gustas tanto...-La besó suavemente en el cuello un par de veces. Alicia sintió sus piernas flaquear.

-Oh Dios... gracias... esto... espera-Se apartó levemente de su amante- ¡Ni siquiera sé cómo te llamas!

Él soltó una sonora carcajada, manteniéndola agarrada de la cintura.

-¿Lo ves? ¡Eres muy divertida! Vamos Alicia, por favor... nadie se tragaría esa broma, ¡Jamás de los jamases!

Alicia examinó el rostro de su apuesto e inocente muchacho, desesperada por recordar un nombre que realmente no sabía... y de repente cayó en la cuenta de que su misterioso amante desconocido era de todo menos un desconocido. Esbozó una mueca de agobio.

-¿Fiorenzo? ¿Fiorenzo...Cadicamo?

-Alicia. Alicia Macchiarolli. Y ahora que ambos hemos dicho algo evidente, ¿Podríamos continuar?

-¡De ningún modo!-Alicia se alejó de Fiorenzo con un brusco empujón- ¿Por quién me tomas? Yo jamás me acostaría con... Oh Dios, ¿Eres Fiorenzo Cadicamo?

-Tarde para esa afirmación, querida. Ya veo que era verdad eso de que no te acuerdas de nada... y sí, por supuesto que soy Fiorenzo. Te lo dije anoche, en la fiesta...

-Espera un maldito minuto, ¡Eso no puede ser! Fiorenzo Cadicamo es... es el hijo del hombre que le hace la competencia a la empresa de mi familia, a mi empresa, al sitio donde trabajo...

-Claro. ¿Qué tiene eso que ver con que tú y yo hayamos...?

-Ese hombre-Alicia se movía de un lado a otro, retorciéndose los rizos del pelo mientras hablaba aturrullada- Ha estado poniendo trabas a la expansión empresarial de mi padre durante años. ¡Intentamos absorber su empresa y fue un completo fracaso!

-Tal vez deberían haber probado una fusión... ya sabes, como la nuestra anoche.

-¡Cállate! ¿Te parece momento para chistes?

-Por supuesto...

-¡Venga ya! Tú no eres Fiorenzo.. Fiorenzo era... era...

-Éramos amigos de niños, Alicia. Jugábamos muchísimo juntos, mi hermana Clarissa, tú y yo.. nuestros padres se reunían constantemente para tratar sus estúpidos asuntos financieros, y nosotros mientras trabábamos amistad vigilados por las niñeras.

-Sí...sí, es cierto. Pero Fiorenzo...-Alicia lo miró de arriba a abajo- La última vez que vi a Fiorenzo...

-Antes de entrar a estudiar en el instituto, ¡Hace más de diez años! te lo dije anoche en la fiesta.

-Fiorenzo no era tan alto.

-Se llama ''estirón'', Ali.

-Fiorenzo era un palillo, desgarbado y con la espalda encorvada, ni un sólo ápice de musculatura...

-Se llama entrenamiento físico-Soltó otra carcajada y se encogió de hombros.

-¡Fiorenzo tenía los dientes muy torcidos, no esa sonrisa dulce y perfecta!

-Se llama corrector dental. Y gracias, preciosa.

-¿Y LAS GAFAS? ¡Nunca olvidaré las enormes gafas de culo de botella de Fiorenzo... ¡No veía tres en un burro!

-Desgraciadamente, no he podido eliminar eso... Pero como para lo que hicimos tú y yo anoche no hace falta luz, me las quité- Fiorenzo caminó hasta la pequeña mesita de noche y abrió el único cajón que ésta poseía. Extrajo una cajita negra, de la que a su vez extrajo unas gafas enormes del mismo azul que el pantalón del pijama. En cuanto se las colocó,  Alicia no tuvo ninguna duda.

-Santa Madonna... ¡Eres Fiorenzo Cadicamo!

-Por fin, cariño.

-Y...y ayer... ¡Nos encontramos en la fiesta de Giancarlo! ¡Ahora lo recuerdo todo!

-Claro, es lo que te he dicho...

-Y... y tú.. y yo... estuvimos charlando un montón... Y Grazia también... ¡Tu hermana también estaba! ¡El camisón que llevo es de Clarissa!-Se miró una vez más, avergonzada.

-Pues claro que sí, de cuando era una niña, por eso te está tan corto. Da gracias a que lo encontré perdido entre las cajas viejas que guarda aquí.

-Y me hablaste de tu vida aquí en Venecia, me hablaste de que trabajas... con arte, eres uno de esos compradores de arte....

-Ajá.

- ...Y eso a tu padre, un animal de las finanzas, no le gusta nada, claro...

-Ajá.

-... Y entonces yo te conté, ¡Yo te conté que estoy en Venecia huyendo del ambiente controlador de mi hogar!

-Sí...

-Y nos reímos mucho, y bebimos muchísimo... tu hermana y Grazia se fueron...

-Se fueron, se fueron.

-...Y tú me hablaste de tu pisito de soltero...

-Éste en el que ahora estás. ¿A que es bonito? Está decorado según las últimas tendencias americanas...

-Pues... entonces, todo encaja.

-Como nosotros dos anoche...

-¡FIORENZO!- Alicia lo miró enojada, pero al instante soltó una carcajada. Menuda se había formado. Aquello iba a cabrear muchísimo a su padre. Era fantástico, y así se lo hizo saber a Fiorenzo mientras se tomaban el chocolate sentados en la alfombra.

-Ya te digo, mi padre va a arrancarse los poquísimo pelos que le quedan en la cabeza... ¡Es de locos!

-Lo sé, imagínate a mi padre, ¡Su niñita pequeña y rubia de 21 años... con la competencia!

-Pues menuda es su niñita... ¡Eres una salvaje en las fiestas!

-Vamos, no será para tanto....-Alicia colocó las dos tazas vacías de nuevo en la bandeja y se sentó en la cama.

-Lo que no puedo creer es que no recuerdes nada de anoche, de lo... nuestro- El apuesto rostro de Fiorenzo enrojeció ligeramente.

-Pues no, y es una pena... ¿Cómo voy a cabrear a mi padre de verdad si ni siquiera sé bien lo que pasó?

Tras casi un minuto de silencio, Fiorenzo esbozó una sonrisa que era de todo menos inocente y clavó sus ojos de miel en los de Alicia.

-Te propongo un trato... Te recuerdo ahora mismo lo que hicimos anoche y te llevo a tu hotel si me prometes...

-Si te prometo ¿Qué?

-Cenar conmigo esta noche. Y tomar un helado después. Ninguna es negociable. Lo tomas o lo dejas, Alicia Macchiarolli.

-Trato más que aceptado, Fiorenzo Cadicamo.

-¿Ves lo fácil que es hacer negocios?

-Cuantísma razón... ¿Por qué nuestros padres se llevarán tan mal?

Fiorenzo soltó una carcajada, se quitó las gafas, y dejándolas sobre las mesilla, junto a las joyas de Alicia, volvió a quemarla con sus besos mientras se tumbaban en la cama.

Alicia no pudo evitar sonreír, pensando en lo divertida y agradable que podía llegar a ser la fusión empresarial.

viernes, 21 de agosto de 2015

Relato

Los ojos buenos


El timbre sonó finamente, y la puerta se abrió tras unos segundos de espera. Se quedaron mirando, el uno al otro, como dos figurillas de cera, la muchacha que vivía en aquel apartamentito de una callejuela del centro, y el muchacho que trabajaba como recogedor de basuras por aquella zona de la ciudad.
Ella vestía una blusa negra, con las mangas hasta los codos hechas de una gasa transparente y brillante, que no hacía si no acentuar la palidez de su piel, y una falda de vuelo de rayas blancas y negras. Completaban el conjunto unas bailarinas negras y una pequeña boina del mismo color, ladeada sobre la parte derecha de la cabeza de la muchacha. El resto de la melena estaba recogida en una sencilla coleta repleta de enredos y nada bonita, que reposaba en su hombro izquierdo.
Él, por su parte, vestía toscas botas de goma negra, un mono añil con una ancha banda horizontal de color amarillo reflectante en la espalda, y una gorra del mismo color del mono con el logotipo de la empresa grabado, que ocultaba su pelo corto de color miel. Todas sus prendas goteaban agua de forma insistente y permanente.

-Buenos días... servicio de recogida de basura semanal-Él repitió aquello como lo hacía siempre, con un tono monótono aunque intentando mantener algo de simpatía. Era difícil a veces, porque su trabajo, literalmente, apestaba.

La muchacha, tan pequeña y delicada, sonrió levemente apoyada en el quicio de su puerta antes de contestar.

-¿Recogida de basura? ¿En un día como este?

-Señorita, créame que aunque es lo que más deseo, París no va a parar de acumular desperdicios por la lluvia, aunque sea una lluvia tan copiosa como la de hoy. Y así me gano yo la vida, al menos por el momento. Así que... -Se encogió de hombros, visiblemente resignado.

Ella hizo otro tanto y le tendió dos bolsas, una de desperdicios orgánicos y otra llena de envases de plástico. ''Al menos recicla'', pensó él mientras agarraba la preciada y desagradable mercancía. Con un movimiento cordial de cabeza, que hizo que la gorra salpicara unas cuantas gotas más, el joven trabajador se dispuso a marcharse, pero la chica lo detuvo dando saltitos, nerviosa.

-¡Espere, por favor! hay algo más...-Como una bailarina torpe, se giró y entró en la casa, reapareciendo a los pocos segundos con algo rectangular envuelto en un paño que habría sido beige de no ser por las manchas multicolores que lo cubrían de forma irregular. El muchacho se tensó ligeramente, y sin poder evitarlo, soltó las dos bolsas que portaba en el suelo.

-Por favor, señorita, otra vez no...

-Se lo ruego, ya sabe lo que tiene que hacer- Se mordió el labio inferior, nerviosa y apurada, y de un tirón descubrió lo que tenía entre las manos, lo que él ya sabía que tenía.
Un pequeño lienzo, de unos treinta centímetros de alto y quince de ancho, mostraba un retrato, el mismo retrato de siempre: la cara, el cuello y los hombros de un muchacho que vestía una camisa negra.

Cada semana, él acudía allí a recoger basura, y cada semana ella le entregaba sus correspondientes desperdicios, que nunca eran muchos, ya que vivía sola, y un lienzo con el mismo retrato, y cada semana le pedía lo mismo que le pidió aquella vez:

-Quémelo por favor, o rómpalo, acuchíllelo, haga, en fin, lo que sea menos perjudicial para el medio ambiente y a la vez más efectivo para eliminarlo... se lo agradezco.

-Pero...-Sostuvo el lienzo entre sus manos, la miró y se rascó la cabeza, confuso- Pero ¿Otra vez, señorita?

-Oh, lo sé, lo sé...-Ella se retorcía las manos mientras hablaba- ¡Demonios! pensé que esta vez había logrado pintarlo bien por fin...

-Pero... ¡Pero si está muy bien!- Volvió a mirar el retrato- Todas las semanas me lo entrega perfectamente pintado... ¡Caramba, pero si hasta tengo la sensación de que ya voy conociendo a este chavalillo! Estoy seguro de que si me lo encuentro por la calle, lo señalaré y diré, ''¡Eh, tú, el de la camisa negra, el de los cuadros de la artista del apartamento 10 del bloque 7!''

-¡Oh, por el amor de Dios! ¡Si es verdad que alguna vez le ve... ¡Ni se le ocurra hacer una sola referencia a mí o a ninguno de los lienzos que...!-Ella se interrumpió, y de repente lo miró directamente a los ojos. Parecía realmente una niña pequeña con aquel conjuntito de ropa y aquella expresión de inocencia absoluta. Tras unos segundos en los que no pestañeó, volvió a hablarle calmada, en un murmullo- Usted cree que es muy raro esto que hago, ¿Verdad?

-Señorita...-Él volvió a rascarse la cabeza. Desde niño había sido un muchachito con mucho ''Palique'' como decía su padre, le encantaba charlar con la gente y era simpático, y a pesar de que en su trabajo ni siquiera mantenía conversaciones con los clientes, aquella vez no pudo resistirse-  No llevo mucho trabajando de esto, apenas un añillo, pero puedo asegurarle que se aprenden muchas cosas de la basura de la gente. De usted he aprendido que es pintora, porque siempre tira brochas despeluchadas del uso, botecitos de pintura de mil colores, paños tan manchados que ni mil lavados harían desaparecer los rastros... y un cuadro. Siempre este cuadro. Y no la critico, ¿Sabe? pero admito que tengo curiosidad. ¡No entiendo por qué los tira, están todos bien pintados!

-No, no lo están... Oh, ¿Sabe qué? ¡Estoy harta de callarme este asunto, necesito contárselo a alguien y usted es el indicado para oírme! ¿Le apetece un té?

-¿El qué?

-Un té, un té... O un café, vaya, lo que prefiera usted... ¿Un zumo? tengo pastas y chocolate. ¡Vamos hombre, que no tiene por qué asustarse! ¡Sería mucho más probable que usted fuera un asesino peligroso a que lo fuera yo! ¿No se da cuenta de que ni siquiera mido un metro sesenta? ¡Y no llego a los cincuenta kilos! No soy en modo alguno rival para usted.

-No es eso señorita, no es eso... Pero comprenda usted que la proposición... y además, un día laborable... en horario de trabajo...yo tengo el camión...

-Usted tiene el camión aparcado ahí abajo, lo puede vigilar perfectamente desde mi ventanal, y además, con la que está cayendo ninguno de sus jefes estará extrañado porque termine un poco más tarde. ¡Le estoy ofreciendo descanso, dulces y explicaciones! ¡Recontra! ¿Qué más quiere?

-Pues...pues...-Volvió a rascarse la cabeza, y se quitó la gorra, empapada- ¡Pues tiene usted razón, qué corcho! Acepto la proposición, aunque espero que la historia sea corta...

-¿Ve qué bien? Claro que llevo razón, esto... ¿Cómo se llama usted?

-Oh... Timothy, señorita. Llámeme Tim, por favor, sólo tengo 23 años, no quiero tener nombre de abuelo todavía.

-Está bien, Tim, pase. Puede sentarse en una de esas sillitas junto al ventanal. Yo me llamo Nicolette. Y tutéeme, por favor. Si no le molesta, yo haré lo mismo.

Tim dejó las dos bolsas de basura junto a la puerta y entró con el cuadro aún entre las manos. El apartamento era pequeño y estaba decorado de un modo dulce e infantil, con las paredes de ladrillo adornadas con cuadros de paisajes y escenas románticas. Los muebles eran de madera clara y estaban cubiertos de cojines mullidos y tapetes bordados, y todo era de tonos claros y colores pastel, nada sobresalía.  Era cursi, pero acogedor, sobre todo en una tarde lluviosa como aquella. Desde luego, sus botas de goma sucias de barro desentonaban muchísimo, y por ello no pisó la alfombra, sino que avanzó hasta el extremo de la habitación donde estaba el ventanal pisando las pocas losas libres del suelo. Se sentó en una fina silla de forja, pintada de verde claro, y esperó sin tocar nada, echando vistazos curiosos a su camión, los pocos minutos que Nicolette tardó en aparecer con una bandeja de pastas y dulces de chocolate, dos tazas y una tetera a conjunto.

-He pensado que el té es lo mejor después de una lluvia semejante...querrás entrar en calor, ¡Sírvete!-Nicolette se sentó frente a él, en una silla idéntica pero de color celeste, y sonrió mordiendo un dulce- ¡Es muy curioso! En los meses que llevo viviendo aquí me preguntaba tu edad.. ¡No me figuré que nos lleváramos tan poco! Yo tengo veinte años...

-Pareces más joven...

-Lo sé, esta pinta de niña no es fácil de disimular... no importa mucho, en el fondo me gusta.
También me preguntaba si los basureros intentaríais adivinar cosas de los vecinos a los que atendéis... ¡Y ya veo que sí! Aunque no has acertado del todo conmigo...

-Uno, que tampoco es adivino... ¿En qué fallé?

-No soy pintora. Es sólo mi pasatiempo. En realidad soy mecanógrafa en el juzgado. ¡Puedes imaginarte qué aburrimiento! escribiendo simultáneamente, con códigos que sólo yo entiendo, todo lo que dicen el juez, los abogados y los criminales... ¡Como comprenderás, necesito crear algo con más sustancia! Por eso pinto. He pintado muchas cosas: paisajes, escenas, retratos que regalo a mis conocidos y amigos, animalitos, flores, comida... ¡Y nunca me había atascado! Porque nunca había pintado algo tan importante como lo que llevo intentando pintar desde hace meses... ¡Casi desde que me mudé a este apartamento!

-Quiero saber qué es eso tan importante, aunque antes he de decirte que ojalá pudiera yo ser mecanógrafo y no un chapuzas... Debería haber estudiao...

Nicolette volvió a soltar una risita y continuó su relato.

-Es lo más importante del mundo... ¡Estoy intentando pintar mis ojos buenos!

-¿Estás intentando pintar qué?

-Unos ojos buenos, Tim... pero no unos ojos buenos cualquiera... ¡Los ojos buenos que son para mí!

-Ojos...¿Buenos?

-Oh, no sabes lo que... naturalmente, no sabes lo que son los ojos buenos, Tim... ¡No te lo he explicado!- Nicolette se dio una palmadita en la frente y bebió té.

<<Platón dijo que los ojos son el reflejo del alma, y no podía tener más razón. Desde pequeña, me encanta mirar los ojos de la gente, ¡Son tan bonitos y tan diferentes! No hay en el mundo un par de ojos iguales, es incluso más difícil que lo de los copos de nieve... Y dicen todo de la persona, nos muestran con su color y sus formas, las emociones que sentimos, el amor que albergamos, la tristeza que nos come... ¡Los ojos son estupendos!

Con el paso de los años, me di cuenta, sin embargo, de una cosa curiosa... hay ojos malos, y ojos buenos. Hay ojos cálidos y ojos fríos. Y cada persona los ve diferentes. Si odio a alguien, ten por seguro que es porque veo maldad en sus ojos, veo frío... ¡Pero esa persona es seguro un ángel para su madre! Ella verá calor en esos ojos.. ¿Lo comprendes ahora?

En cuanto fui más mayor, una muchacha y no una niña, me di cuenta de algo... Lo tuve muy claro, oh sí. Sólo me enamoraría de aquellos ojos que fueran, a mi modo de ver, completamente buenos. Aquellos que no tuvieran maldad, aquellos que jamás pudieran hacerme daño. Aquellos que sólo pudiesen mirarme con amor.

Y los encontré Tim, ¡Oh sí! los encontré... Grandes, limpios, del color de las hojas silvestres, tan claros... que parecían limpios. Y caí en la trampa de aquellos ojos, Tim, porque me estaban tendiendo una trampa. Se volvieron fríos con el tiempo, fríos como el puñal más afilado, y como puñales me miraban, sin importar el daño que hiciesen.

En fin, acabé muy mal parada, abandonada y completamente rota durante mucho tiempo. Aquellos ojos tan fríos habían congelado a los míos, que se quedaron asustados. Juré nunca más fiarme de los ojos otra vez, pensé que todos los ojos tenían más maldad que bondad, y así pasaron los años...

...Hasta que hace unos meses, hace ya muchos meses, fui con unas amigas a uno de esos modernos bares-club. Yo no soy muy de esos ambientes en los que todo el mundo fuma pitillos y bebe cócteles, pero las chicas insistieron tanto en que me gustaría...
Y sí que me gustó, porque una vez a la semana, el bar-club ofrece espectáculos de humor y teatro para sus clientes. Estaba disfrutando de los graciosos diálogos, cuando de repente, uno de los actores se colocó bajo un foco, y alzó la vista para recitar un pasaje especialmente largo.

En cuanto le miré, no oí nada, ni vi nada más que su cuello, su rostro y...sus ojos.
Et voilà! Allí estaban, Tim, unos ojos ni muy grandes ni muy pequeños, de color marrón, no especialmente oscuros, adornando una cara fina y armoniosa, una nariz digna de un príncipe y una piel pálida y suave, aristocrática, ya sabes... Allí estaban. Allí estaban los ojos, llenos de calor y bondad. Unos ojos buenos. Los ojos que eran para mí.

Me puse nerviosísima, y me apresuré a contarles todo a mis amigas, que ya estaban hartas de mis teorías. Ninguna le dio mayor importancia, y me dijeron simplemente, que si tanto me había gustado, fuera y le hablase.
''¿Cómo voy a hacer eso?'', les grité, ''¡Mis ojos están rotos, están asustados! ¡Esos ojos tan bonitos jamás se fijarían en los míos, sería un desastre!''
Y allí me quedé, pensativa el resto de la noche, sin poder apartar de mi mente aquel rostro, aquellos ojos... y aquí sigo todavía.

No sé nada de él, aparte de que es actor, por supuesto. Desde aquella noche he intentado pintarlo, pero nunca consigo reflejar la bondad de sus ojos... Y no puedo contemplar ese rostro tan apuesto sabiendo que los ojos que pinto no son los suyos de verdad. Por eso cada semana te mando a eliminar las pruebas de mis crímenes.
Mis amigas están hartas, dicen que estoy loca, que soy como los poetas antiguos, enamorándose de cosas que no existen... Y yo misma he llegado a pensarlo... ¿Y si me lo imaginé? ¿Y si sus ojos no son los buenos, y si son malos y fríos como los demás? Me pongo tan triste cuando pienso esas cosas de él...

Y así vivo, Tim, enamorada de unos ojos a los que sólo he visto una vez.>>

-¿Qué te ha parecido mi desdicha? Decidí contártelo todo porque tú también tienes mucha bondad en tus ojos, lo vi claro al mirarlos.

-¡Demonios, Nicolette, menuda historia!- Tim estaba boquiabierto- ¡Es estupenda, estupenda! Pero no puede ser ese el final... ¡Tienes que averiguarlo todo!

-¿Cómo?

-¡Claro, mujer! ¿Cómo vas a estar enamorada del todo si ni siquiera sabes su nombre?

-Bueno, interpretaba al capitán Coquelicot...

-¡Minucias! Caray chica, tienes que volver a ese bar y averiguarlo todito... ¡Tienes que regalarle uno de sus retratos y explicarle todo eso de los ojos!

-¡No! ¡Claro que no! Además, las pocas veces que he vuelto a ir a ese bar, no era día de espectáculo...

-¡Vamos, Nicolette! Será fantástico, caramba chica, es una historia bonita, ¡Seguro que le halaga! A mí me gustaría que mi novia hiciese algo así...

-No... no se puede. Es... imposible-Bajó la vista, apesadumbrada- Jamás funcionará. Yo no debería... no debería volver a intentar pintarlo. Y no debería haberte contado nada. Lo siento mucho, pensé que entenderías...

-Lo he entendido perfectamente, Nicolette. Me gustan las historias y sé escucharlas. No es imposible, claro que no lo es... Pero estás aterrorizada.

-¿Yo?

-Escucha... todos los ojos tienen maldad, Nicolette. Todos tenemos luz, y también oscuridad, y a todos se nos ponen los ojos muy fríos algunas veces. Los ojos de tu capitán no serán cálidos siempre, y seguro que te harán pasar malos ratos, pero... Sólo porque otros ojos fríos como puñales te hicieran daño una vez no puedes renunciar a estos. Piénsalo de este modo: Has vivido, por lo que cuentas, mucho tiempo en el frío más absoluto. ¿No crees que tus ojos merecen calentarse en una hoguera acogedora?

Nicolette lloraba, sin poder evitarlo. Miró a Tim con la inocencia más absoluta, y más que nunca, pareció una niña desamparada.

-Pero... mis ojos son incapaces de mentir... ¿Qué pasa si no le gustan, si no puede amarme? ¿Qué haré, Tim? ¿Cómo podré explicarle que llevo meses intentando pintarle, y torturándome porque no consigo...?

-Escúchame. Espero de verdad que oigas este consejo: No vuelvas a pintarle. Voy a llevarme este cuadro ahora mismo y la semana que viene volveré, y nos tomaremos otro té, y no me darás ningún retrato. En lugar de ello, le buscarás, irás con tus amigas a ese bar despreocupadamente y preguntarás por él con una sonrisa, sin agobiarte. Y cuando le veas, serás sincera y educada como lo has sido conmigo.

-No puedo hacer eso, Tim...

-Entonces volveré cada semana a tomar té contigo, hasta que te convenza de lo contrario. Y no volverás a pintarle.

-Pero...

-No. Para la semana que viene deberás pintarme a mí. Y ya te encargaré más cosas. Debes decirle adiós al capitán Coquelicot.

-Pero no quiero...

-Entonces búscale.


*  *  *


-¡MARTIN! ¡DEJA DE LEER ESOS PAPELUCHOS Y ATIENDE EL MOSTRADOR!

-Señor Dupont, por favor... Es mi guión, esta noche actúo por fin en un teatro de verdad...

-¿TE PAGO PARA LEER O PARA VENDER CARNE? CHICO, EN HORAS DE TRABAJO SÓLO SE PUEDE TRABAJAR

-Pero señor Dupont, se supone que es mi descanso para comer...

-¡ACABÓ HACE SIETE MINUTOS! ¡SIETE! VAMOS, A DESPACHAR A LOS CLIENTES.

-En cuanto salga de este agujero, juro no volver a entrar en una carnicería nunca más en mi vida...

-¡TE HE OÍDO!

-Me alegro, cerdo-Susurró el muchacho. Pagarse los estudios de actor trabajando en bares había sido duro, pero cuando la dueña del bar-café donde además actuaba tuvo que recortar personal y se vio en la calle, Martin sufrió una gran desesperación. La alegría que había senido al ser contratado en un pequeño teatro para hacer una obra moderna había sido tremenda, pero como sólo era algo temporal no se atrevía a dejar su trabajo en la carnicería el señor Dupont, que al fin y al cabo era lo que le daba de comer.

´´Los comienzos son duros'' se dijo a sí mismo, ''Pero seguro que algo bueno está a punto de pasar. O al menos eso espero...''

-¿...de Salchichón?

-¿Qué?-Martin sacudió la cabeza. Mierda, estaba en el mostrador atendiendo a las viejas clientas y se había despistado.

-Digo que a parte de los filetes, me gustaría comprar un salchichón-Repitió la voz. Me lo ha pedido mi tía, figúrese... para una vez que voy a visitarla, y me manda hacer recados...

Martin sacudió la cabeza, buscando la voz dulce que hablaba entre todas aquellas clientas. Pronto la vio. Una melena ondulada aunque algo revuelta, un vestido de rayas azules y blancas, unas bailarinas y unos labios rojos. No podía tener más de veinte años. Resopló agradecido por aquel dulce en medio de tanta arpía.

-Enseguida se lo doy...-Le brindó una amable sonrisa. Sin embargo, la vio ponerse pálida, e inmediatamente, enrojecer hasta la raíz del cabello.

-¿Capitán...Coquelicot?

-¿Perdón?-Pestañeó sin comprender nada.

-Tú...usted es... quiero decir que...-Miró al suelo, muerta de vergüenza- Usted es actor...

-Sí... demonios, es increíble... ¿Cómo lo ha adivinado? ¡Apenas estoy empezando!

-Yo le vi... cuando usted trabajaba en aquel bar-café haciendo del capitán Coquelicot...

-No es posible...

-Sí... y fui... yo... volví tiempo después... a preguntar a sus compañeros... porque me gustó mucho la obra y pinté un cuadro... Es que yo pinto, ¿Sabe usted?, así que fui... pero me dijeron que usted no trabajaba allí nunca más.. y ya no tengo el cuadro... se lo llevó un amigo mío, Tim... es un buen chico, aunque un poco pesado...

-¿Un cuadro?... espere, no entiendo... ¿Usted fue a buscarme?

El dulce con piernas asintió.

-Pero...¿Por qué?

-Porque...porque...me gustó... su interpretación...-Parecía a punto de estallar de vergüenza, y seguía con la mirada fija en el suelo. A Martin le pareció demasiado encantadora como para ser real.

-¡Caramba, muchísimas gracias!-Salió de detrás del mostrador- Es usted la primera persona que me llama actor de verdad en mi vida, ¡Sólo por eso se merece un café! ¿Se lo tomará conmigo? Así podrá contarme qué le pareció la obra...

Las clientas se quejaban a voz en grito y pedían ser atendidas. El señor Dupont se iba a enfurecer, pero a Martin le daba exactamente igual.

-Yo... sí... no veo... por qué no...

-Estupendo. ¿Podría decirme su nombre? ¡Comprenda que mi primera admiradora es importante!-Rió con ganas.

-Me... llamo Nicolette. Y tutéeme, por favor...

-De acuerdo, Nicolette. Haz tú lo mismo, por supuesto. Yo soy Martin.

Le tendió la mano, que por suerte estaba recién lavada, para estrechársela. Ella aceptó y alzó el rostro. Sus ojos se cruzaron, y por un segundo, Martin no pudo respirar. Vio en aquellos ojos alegría, vergüenza, anhelos, secretos, colores, música, viento y agua, vio vida en aquellos ojos, no vio nada y lo vio todo... Y supo que quería volver a mirarlos.

-Caramba, Nicolette... tienes los ojos... enormes.

Ella sonrió cómo si nunca le hubiesen dicho nada ni remotamente parecido.

-Gracias. Tú tienes los ojos buenos.